martes, 16 de septiembre de 2008

UNA LECTURA LATINOAMERICANA DEL MANIFIESTO COMUNISTA

LUIS VITALE.
UNA LECTURA LATINOAMERICANA
DEL MANIFIESTO COMUNISTA
Contribución al 150 Aniversario
del Manifiesto Comunista
Santiago de Chile
1998
( Traducido al Inglés y al Francés para el RENCONTRE INTERNATIONALE a efectuarse en París, 13-16 de mayo de 1998, en recordación del 150 Aniversario del Manifiesto Comunista)
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“El manifiesto no tiene retórica de protestas.
No derrama lágrimas para nada.
Las lágrimas de las cosas se han puesto por sí.
El manifiesto no ofreció, ni podía ofrecer
el diseño de la sociedad futura.
No fue ni pretendió ser el código del socialismo
ni el catecismo del comunismo crítico,
ni el vademécum de la revolución proletaria”.
ANTONIO LABRIOLA
“En Memoria del Manifiesto Comunista”
La presente contribución consta de dos partes:
1) Aspectos vigentes del Manifiesto Comunista.
2) Limitaciones y notas para una actualización, desde la óptica de un latinoamericano.
VIGENCIA
a) El M.C. entrega en forma sintética y pedagógica una nueva concepción de la historia, de la economía y de la estructura de clases, como basamento -aunque no mecánico- de la ideología y la cultura; concepción aún no superada, en sus rasgos fundamentales, por la historiografía mundial.
b) Más allá de Adam Smith y David Ricardo, el M.C. profundiza en el análisis del proceso de mundialización e internacionalización del capital, formulado medio siglo antes del advenimiento de la fase imperialista. Marx y Engels fueron tan visionarios que también previeron la masificación de la cultura burguesa a nivel mundial, al sostener que esta internacionalización “se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual”, ya que “las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante”.1
A esta frase cuasi profética, sólo cabría agregarle que en la actual fase imperialista que denominamos II, la clase dominante transnacional está en proceso de imponer una “cultura única”, un nuevo tipo de “hombre unidimensional”, más alienado del que supuso Marcusse -al que debemos una autocrítica quienes lo criticamos unilateralmente por su diagnóstico de que “el proletariado había dejado de ser el agente histórico del cambio social”, menospreciando sus aportes acerca del “hombre unidimensional”.
1 MARX-ENGELS: El Manifiesto Comunista, Ed.Progreso, Moscú, 1976, p. 34. Las citas y su indicación entreparéntesis que haremos más adelante, corresponde a esta edición.
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A nuestro juicio, es necesario hacer una distinción entre mundialización y globalización, en el sentido que utilizan estos términos los ideólogos del neoliberalismo. Mundialización, obviamente, se refiere más bien a la internacionalización de la economía o, mejor dicho para los marxistas, del capital monopólico en esta fase imperialista II (1980...). En cambio, con la introducción del concepto de globalización, el neoliberalismo pretende -y en cierta medida lo ha logrado- instaurar una cultura universal única, un modo de vida cotidiana único, un tipo de educación único y una ideología y un pensamiento lo menos diverso posible. Utiliza el monopolio de los medios masivos de comunicación para desinformar y ocultar las protestas de los movimientos sociales o, en todo caso, minimizarlos para limar las aristas más filudas de las luchas de los trabajadores, de los ecologistas subversivos, de las reivindicaciones antipatriarcales del genuino feminismo, de los Pueblos Originarios (indígenas) y otras etnias, de los movimientos de contracultura o de alternativa de los trabajadores de la cultura.
Más aún, en los últimos años, los ideólogos del neoliberalismo han iniciado una cruzada, propagandizada inclusive por hombres de gobierno, (en Chile el ministro Brunner) con el objeto de desprestigiar las Ciencias Sociales, popularizando el supuesto de que la Historia y la Sociología no tienen herramientas ni categorías para analizar este mundo “inasible” que sólo puede ser captado por la “imaginación novelística” y la informática a través de la “realidad virtual”. A la a-histórica aberración de Fukujama sobre el supuesto “fin de la historia”, le sucede ahora el fin de la sociología. De este modo -no tan sutil- se está oficializando la obsolencia del marxismo y de otras corrientes del pensamiento social. Como es de suponer, esta nueva irracionalidad, con reminiscencias nietzcheanas, repercutirá sobre los distintos niveles de la Educación, no sólo universitaria, y la formación de investigadores críticos. Contra esta nueva cruzada ideológica, debemos levantar una vez más “las armas de la crítica” en el 150 aniversario del Manifiesto.
A la base de esta cruzada, está la falta de un proyecto de sociedad de “onda larga”, como lo tuvo la burguesía en el siglo XIX y Mannheim a principios del XX, y la incapacidad del neoliberalismo de crear una teoría sobre el funcionamiento de su propio sistema económico, basado en gran medida en el capital especulativo (“sociedad Casino”, al decir de A.G. Frank), sistema al que le calza la frase del Manifiesto: “mago que no sabe dominar las potencias infernales que ha evocado”.
c) Otro punto del M.C. más vigente que nunca es su concepción de Internacionalismo de los explotados y oprimidos, explicitado por Marx en los Principios de la I.Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (1864). Su objetivo de agrupar a todos los trabajadores del mundo y lograr la unidad en la diversidad, fue desvirtuado por las posteriores Internacionales, sin excepción, que se integraron solamente por partidos con ideología ortodoxa, criterio sectario que los condujo al aislamiento respecto de quienes pretendían representar.
La Primera Internacional no fue estrictamente una Central Sindical ni tampoco una dirección de carácter partidario mundial, como lo fueron las posteriores Internacionales. Fue más bien una Federación de los Movimientos Sociales de aquella época, concepción más vigente que nunca en este proceso objetivo de mundialización. Si no queremos volver a cometer errores, tenemos que reflexionar sobre la concepción estratégica de Marx para forjar un nuevo tipo de Internacionalismo.
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Hoy es más factible que nunca lograr la unidad en la diversidad de los Movimientos Sociales (no sólo del proletariado) en una nueva concepción de Internacionalismo. Sus representantes deberían surgir de elecciones directas, no por delegados a Congresos, por lo general manipulados por los partidos. Como antecedente, señalamos las elecciones para la Central Unica de Trabajadores de Chile (CUT) en 1972, bajo el gobierno de Salvador Allende, donde más de medio millón de trabajadores, obreros, empleados, campesinos, profesores, capas medias asalariadas, votaron en sus sitios de trabajo, fenómeno de democracia directa inédito en la historia del movimiento obrero mundial.
Es una deuda que tenemos que pagar al Manifiesto Comunista, así como Marx y Engels la cumplieron con Flora Tristán, la primera en plantear la “Unión Universal de los obreros y obreras” en su libro Unión Obrera. En 1843, Marx y Engels en la Sagrada Familia salieron hidalgamente en defensa de Flora Tristán, atacada por Edgar Bauer, reconociendo que sus ideas de “organización del trabajo” fueron precursoras del internacionalismo de las y los trabajadores.
d) También es, en lo esencial, vigente el planteo del M.C. sobre aspectos generales de la sociedad socialista por venir, concepto más adecuado que comunismo, porque éste expresa más bien el movimiento y Socialismo la estrategia de construcción de una sociedad alternativa al capitalismo. No por azar, Engels en el prólogo a la edición alemana del M.C. de 1890 sostuvo que en un principio se pensó ponerle Socialista al Manifiesto.
Algunas líneas del M.C. indican que la nueva sociedad socialista debería ser administrada por los trabajadores, sin mencionar al partido. Más todavía, señala que el proletariado en el poder tendrá que emplear “la violencia despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción”, pero en ningún momento se habla de la “dictadura del proletariado”, concepto que es necesario cuestionar y reemplazarlo por otro que exprese la necesidad de desarmar a la burguesía y garantizar la democracia de las más amplias mayorías del nuevo Gobierno de la Clase Trabajadora y de los Movimientos Sociales.
Un asiduo lector latinoamericano del Manifiesto Comunista, Luis Emilio Recabarren, fundador del movimiento obrero chileno, hizo aprobar en la III Convención Nacional de la Federación Obrera de Chile (FOCH), 1919, una posición original sobre la sociedad socialista, nunca planteada antes por Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, ni después por Gramsci, Tito, Mao, Ho-chi-minh ni Fidel Castro. Esa resolución decía: “Abolido el sistema capitalista, será reemplazado por la Federación Obrera, que se hará cargo de la administración de la producción industrial y de sus consecuencias”. Lo inédito era el planteamiento de que la Federación Obrera -y no el partido- se haría cargo de la “administración de la producción”. De ninguna manera podría pensarse que ésta era un actitud antipartido de un hombre que fundó el Partido Obrero Socialista (POS) en 1912 y el Partido Comunista en 1922. Recabarren volvió sobre el tema en 1921 en un folleto publicado en Antofagasta, zona de obreros mineros del salitre, “Lo que da y dará la Federación Obrera”: “El gremio tiene por misión, después de cumplir su programa de labor presente, preparar la capacidad de todos sus asociados para verificar la expropiación capitalista reemplazándola en sus funciones directoras de la producción y del consumo”.
Esta posición contrasta con la de Lenin, quien en el debate de 1922 sobre el papel de los sindicatos bajo el socialismo sostuvo que los sindicatos deben mantener la independencia respecto del Estado, lo cual significaba que el movimiento sindical no era el encargado de
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gobernar o administrar el Estado; en otras palabras, el denominado Estado obrero -deformado ya contra la voluntad del propio Lenin, como él mismo lo sostuvo en uno de sus últimos artículos- debía ser dirigido por el Partido y no por las organizaciones de los trabajadores, lo cual significaba inequívocamente una sustitución de la clase por el partido, concepción organizativa que pavimentó el camino a la “dictadura del partido” instaurada por el stalinismo.
e) Las breves líneas del Manifiesto sobre Democracia nos deben llamar a la reflexión sobre los errores cometidos posteriormente por la izquierda. El M.C. dice a la letra que uno de los objetivos del proletariado en el poder es “la conquista de la democracia” (p.52). Al no ponerle apellido a la categoría política de Democracia, Marx y Engels quisieron decir que la única y verdadera democracia sólo podía advenir con el derrocamiento de esa burguesía que, precisamente, usufructuó el concepto de democracia, implantando una forma tan restringida de ella que nunca fue democracia.
Posteriormente, la mayoría de los marxistas, al criticar la “democracia burguesa” cayeron en un menosprecio por la lucha de las libertades democráticas, asfixiaron la democracia interna de sus partidos, a través del centralismo-burocrático, y terminaron con toda expresión democrática en aras de la llamada “dictadura del proletariado” durante el “socialismo” con comillas, real, sin comillas.
f) Se impone una relectura de los párrafos del Manifiesto dedicados a la relación individuo-sociedad, al papel de la mujer, la familia y los niños. Allí se rescata “la dignidad personal”, tan ausente en la sociedad neoliberal, corrupta y falta de ética, donde los valores del ser humano se han convertido “en simple valor de cambio”, como ya apuntara el Manifiesto en la parte II.
LIMITACIONES Y NOTAS PARA SU ACTUALIZACION
Por respeto a la relevancia histórica del Manifiesto Comunista, nos permitimos hacer algunos comentarios críticos, estimando que no es bueno para la praxis revolucionaria continuar con apologías que sólo sirven para reiterar errores. En la edición alemana del Manifiesto, sus autores reconocieron en 1872 que habían ciertos aspectos que “deberían ser retocados (...) este programa ha envejecido en algunos de sus puntos”. En el prólogo a la edición alemana de 1890, Engels anotó que el mundo había cambiado en parte, comparado con la época en que se elaboró el original del Manifiesto, sobre todo por la emergencia de Estados Unidos, que comenzaba a disputar a Europa el “monopolio industrial”.
1) Estado-nación
El Manifiesto Comunista hace alusión al concepto de Estado-nación, señalando que “las provincias han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera”. Formula una crítica correcta del Estado burgués, pero omite que dentro de algunos Estados continuaron subsistiendo nacionalidades, como los vascos y catalanes en España, e irlandeses en Gran Bretaña, además de Europa Oriental que más tarde los países denominados socialistas no pudieron resolver, a tal punto que a la “caída del muro de Berlín” reflotaron con más fuerza que nunca las nacionalidades.
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Otro grave error del Manifiesto fue haber ignorado a los Pueblos Originarios de Asia, Africa y América, cuyas nacionalidades fueron pre-existentes a los Estados. No por azar, los Mapuches (indígenas de Chile) y otros pueblos originarios de América Central (Chiapas) y Sur, se reivindican como Pueblo-nación dentro de su respectivo Estado. Inclusive, hay varios pueblos originarios, como los aymara, que habitan en cuatro Estados.
Por eso se ha cuestionado la categoría Estado-Nación y la necesidad de reemplazarlo por un tipo de Estado pluri o multiétnico, como se resolvió en la Nicaragua de 1982 que, bajo los Sandinistas, estableció el Estado multinacional y pluriétnico; y en Colombia donde los pueblos originarios y otros movimientos sociales lograron en 1995 aprobar en una Asamblea Constituyente una forma de Estado pluriétnico respetuoso de la autodeterminación de la comunidades indígenas.
2) Burguesía -Proletariado
Es sobradamente conocido el error del M.C. de pronosticar la desaparición de la pequeña burguesía y la polarización absoluta de las clases en dos: burguesía y proletariado, apreciación que fue grave para Europa y Estados Unidos, pero más grave aún para Asia, Africa y América Latina porque los partidos de izquierda copiaron dicho esquema, subestimando las luchas del campesinado y de las capas medias asalariadas, llegando en algunos países, como México, el campesinado a ser la fuerza motriz principal de la Revolución de 1910-20, la más grande revolución campesina de América Latina.
Por lo demás, el Manifiesto tuvo un enfoque equivocado de la denominada “clase media”, ya que sólo consideró dentro de ella a los pequeños propietarios, “pequeños fabricantes, tenderos, artesanos, campesinos”. En rigor, dentro de los sectores medios existen básicamente dos segmentos: uno, pequeña burguesía, propietaria de algún medio de producción y distribución urbano rural; y otro, las capas medias asalariadas, que venden su fuerza de trabajo por un salario o sueldo, ostentando actualmente organizaciones sindicales tan poderosas como las del proletariado, especialmente en el sector del servicios públicos.
Es urgente debatir este punto por cuanto las capas medias seguirán creciendo y sus organizaciones del sector estatal, preferentemente, continuarán resistiendo al plan de privatizaciones y desmantelamiento de las garantías sociales conquistadas hace décadas. Por lo menos, este proceso se esta dando en América Latina, sobre todo en los países en que la Salud
y la Educación son en gran parte aún financiadas por el Estado.
La copia que hizo la izquierda de la frase del M.C. sobre la “clase media” condujo a que se menospreciara no sólo a la pequeña burguesía sino -lo que es más grave aún- sino a las capas medias asalariadas, a las cuales también se los calificó de pequeño-burgueses, aislándose así de este sector, particularmente de los intelectuales, además de los pequeños propietarios del campo y la ciudad. A nuestro juicio, las capas medias asalariadas constituyen un segmento de la clase trabajadora, pues al igual que otros explotados se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir
Queremos intercambiar ideas acerca de un nuevo tipo de plusvalía que “entregan” sectores obreros altamente calificados, empleados bien entrenados y franjas de la intelectualidad. Me refiero a la PLUSVALIA DEL CONOCIMIENTO, que no alcanzó a
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tratar Marx, problemática analizada en un Ensayo que publiqué en 1997 con el objeto de explicar el proceso actual de acumulación del capital. Allí, demostramos que la Renta Tecnológica se basa, fundamentalmente, en la extracción de la Plusvalía del Conocimiento a sectores obreros y empleados, especialmente capacitados en las ramas de la Informática, en el manejo de robots, a intelectuales y científicos que hacen investigaciones implementadas por las Universidades, cada vez más funcionales a las necesidades del modelo más neo-conservador que neoliberal.
3) Conciencia de clase
El Manifiesto Comunista confunde estructura de clase con conciencia de clase, al sostener que “en la lucha contra la burguesía, el proletariado se constituye indefectiblemente en clase” (p.44 y 53). Esta definición está más relacionada con el grado de conciencia que con la estructura de clase, confusión que Marx reitera en la Miseria de la Filosofía.
Es sabido que los creadores del materialismo histórico no alcanzaron a sistematizar su pensamiento en relación a los problemas de conciencia de clase. No existe ninguna obra de ellos donde se haga un análisis a fondo de la llamada “clase en sí” y “para sí”, categorías que tenían una reminiscencia kantiana. La categoría “clase en sí” no se refiere a ninguna expresión de la conciencia sino solamente a la existencia de la clase trabajadora, como parte de la estructura de clase del sistema capitalista, y como tal hay que estudiarla. En cambio, “clase para sí” tiene relación directa con la conciencia de clase, cuyo análisis es clave para una política revolucionaria. De todos modos, son conceptos demasiados generales, que no permiten analizar de manera más concreta y precisa los matices de las diversas manifestaciones de la conciencia de clase, que van desde la conciencia primaria o sindical de clase hasta la conciencia política revolucionaria de clase.
4) Sobre los países coloniales y semicoloniales
Una de las omisiones más graves del M.C. -para nosotros militantes del llamado Tercer Mundo- es la ninguna referencia a la lucha de los países coloniales y semicoloniales por su liberación y ruptura con el nexo colonial. En su comentario “A los 90 años del Manifiesto Comunista”, León Trotsky explica que Marx y Engels “consideraban que la revolución social en los países civilizados más avanzados, cuando menos seria cuestión de unos cuantos años más; para ellos el problema colonial se resolvía automáticamente no como consecuencia de un movimiento independiente de las nacionalidades oprimidas, sino como consecuencia de la victoria del proletariado en los centros metropolitanos del capitalismo. Por lo tanto, los problemas de estrategia revolucionaria en los países coloniales y semicoloniales no se planteaban bajo ningún aspecto”2
El error podría atenuarse porque el M.C. no podía prever los combates anticoloniales y los movimientos de liberación nacional de fines del siglo XIX y del siglo XX. Pero lo grave, para nosotros los latinoamericanos, es que Marx y Engels no advirtieron el significado de la revolución anticolonial más importante del siglo XIX, es decir, la revolución por la independencia de América Latina contra el dominio imperial de España, que había triunfado,
2 LEON TROTSKY: “A los 90 años del Manifiesto Comunista” en La era de la Revolución Permanente” Introducción de Isaac Deustscher, Ed.J. Pablos, México, 1973, p. 297.
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con la participación de campesinos y artesanos, más de un cuarto de siglo antes de que se redactara el manifiesto.
A la base de esta omisión estuvo la concepción eurocéntrica de la historia y la política, reflejada asimismo en otros párrafos del M.C. en los que se habla de “naciones bárbaras o semibárbaras”, ignorando así la civilización china, indú, egipcia, del medio oriente, musulmana, nuestra cultura maya -que descubrió el número cero cientos de años antes que los europeos, quienes lo llegaron a conocer por vía de los árabes recién en la Alta Edad Media. No obstante, el M.C. seguía reproduciendo el concepto hegeliano de “pueblos sin historia”.
Las consecuencias de este enfoque eurocéntrico fueron desastrosa porque, al calcar el modelo europeo de hacer política, los PS de América Latina, adheridos a la II Internacional, subestimaron el problema nacional anti-imperialista desde principios del siglo XX, en los precisos momentos en que Estados Unidos intervenía militarmente y ocupaba por décadas República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Panamá, es decir, casi todo el Caribe, además de la invasión del capital financiero inglés, francés, alemán que se apoderó de gran parte de las riquezas o materias primas.
El eurocentrismo se proyectó también al Asia y Africa, a través de la política de la II Internacional. Vandervelde llegó plantear la anexión del Congo a Bélgica, la socialdemocracia italiana respaldó al gobierno de su país para la anexión de Trípoli y el Congreso de Amsterdam propuso en 1904 un cierto autogobierno de la India, pero bajo soberanía británica. En dicho Congreso, El holandés Van Kol tuvo la arrogancia de decir “colonias hay y habrá durante muchos siglos todavía. No se podrá renunciar a las antiguas colonias porque éstas no resultan capaces para autogobernarse. Las nuevas necesidades que se plantearán tras la victoria de la clase obrera (europea) exigirán posesiones coloniales incluso bajo el régimen socialista del futuro (...) ¿Tenemos que dejar liberada la mitad de la tierra a la arbitrariedad de los pueblos todavía situados en el estadio infantil?3
El eurocentrismo traspasó también a la III Internacional. Basta leer su manifiesto de fundación (1919) para darse cuenta de lo poco que se había avanzado en la cuestión colonial, pues se reproducía acríticamente el planteo de Marx sobre “La cuestión nacional”: “La emancipación de las colonias -decía el manifiesto de la III Internacional- podrá efectuarse cuando sean libres los trabajadores de las metrópolis. ¡Esclavos de las colonias asiáticas y africanas: La hora de la dictadura proletaria en Europa será también la hora de vuestra emancipación! “4 El II Congreso (1920) prestó un poco más de atención a la cuestión colonial, gracias a la intervención del delegado de la India, M.N. Roy. El interés de Lenin por el planteamiento de Roy inclinó la votación favorable a la liberación nacional. Pero las diferencias continuaron. En el V Congreso de la III Internacional (1924), Ho-Chi-Minh denunció: “No es exagerado decir que los partidos comunistas francés e inglés no se han puesto en contacto con los pueblos coloniales. ¿Qué han hecho a partir del día que aceptaron el programa político de Lenin para educar a la clase obrera de sus países en un espíritu de internacionalismo justo y de un contacto cercano con las masas trabajadoras de las colonias?. Lo que nuestros partidos han hecho en este campo es prácticamente nada. En cuanto a mí,
3 LEOPOLDO MARMORA(compilador): La Segunda Internacional y el problema nacional, Ed.Pasado y Presente, México, 1978, Tomo I,p. 12.
4 CARLOS PEREYRA: La III Internacional, Biblioteca Nueva Madrid, 1920, p. 220. Ver asimismo, Los 4 Primeros Congresos de la Internacional Comunista, Ed.Pluma, Buenos Aires, 1973.
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nací en una colonia francesa y soy miembro del PC francés y lamento decir que nuestro PC no ha hecho nada por las colonias”.5
No obstante las rebeliones anticoloniales de Asia y Africa, la III Internacional seguía reproduciendo el pronóstico del Manifiesto Comunista de 1848 o la apuesta al triunfo de la revolución proletaria en los países altamente industrializados. Pero no fue así, los vientos frescos de la liberación nacional y social pasaron por tierras asiáticas, africanas, latinoamericanas y de los países “atrasados” de Europa Oriental.
Por último, cabe preguntarse ¿Por qué las secciones de la Internacional Comunista, es decir, los PC de Asia, Africa y América Latina aceptaron esta política eurocentrista? La respuesta podemos encontrarla en la estructura de poder de todas las Internacionales, con excepción de la Primera, con un centro (europeo) que dictamina la política a seguir en la periferia; y en la estructura verticalista de casi todos los partidos políticos.
Creo, entonces, que el mejor homenaje que podemos hacerle a los autores del Manifiesto Comunista es generar colectivamente un nuevo tipo de Internacionalismo y una nueva concepción de partido y de organización de los movimientos sociales.
¡A LA MUNDIALIZACION DEL CAPITAL,
OPONGAMOS LA MUNDIALIZACION DEL PENSAMIENTO
Y LA ACCION DE LOS SECTORES DE VANGUARDIA
DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES!.
Santiago de Chile
1998.
Luis Vitale
Instituto de Investigación
de los Movimientos Sociales
5 HO-CHI-MINH: Escritos políticos, Ed.Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973.

viernes, 5 de septiembre de 2008

LA COMUNA DE PARIS

La Comuna de París
Últimamente las palabras dictadura del proletariado han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad la Comuna de París: ¡He ahí la dictadura del proletariado!
Federico Engels, 1891
La Comuna de París estalló espontáneamente el 18 de marzo de 1871; nadie la preparó de modo consciente y sistemático. La revolución puso inesperadamente el poder en manos de la Guardia Nacional, en manos de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que se había unido a ella.
Su aparición se debió a tres causas principales:
— la guerra franco-alemana, provocada por la política francesa, que tenía por objeto impedir la formación de la unidad alemana, impuso grandes privaciones durante el sitio de París por el ejército prusiano
— las tradiciones de la Revolución francesa, en la cual desempeñó un papel considerable el municipio de París; la composición reaccionaria de la Asamblea Nacional provocó la indignación de los obreros, que temían por la República aparecida pocos meses antes
— los progresos realizados por la Internacional en París y en las grandes ciudades de provincia, así como el desarrollo de las ideas socialistas en general, unido a la desocupación entre el proletariado y la ruina de la pequeña burguesía.
Fue un acontecimiento histórico sin precedentes. Hasta entonces el poder había estado en manos de los terratenientes y de los capitalistas. Después de la revolución de 18 de marzo de 1871, cuando el gobierno huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios, el pueblo quedó dueño de la situación y el poder pasó a manos del proletariado. Pero en la sociedad moderna, el proletariado, avasallado en lo económico por el capital, no puede dominar políticamente si no rompe las cadenas que lo atan al capital. De ahí que el movimiento de la Comuna adquiriera inevitablemente un tinte socialista, es decir, tendiera al derrocamiento del dominio de la burguesía, de la dominación del capital, a la destrucción de las bases mismas del régimen social contemporáneo.
Las victorias militares obtenidas por Prusia en 1864 y 1866, la fundación de la Federación Germánica del norte en 1867 y la aproximación de la Alemania del sur en 1848, suscitaron grandes dificultades a la diplomacia francesa. Cuando en 1870 se ofreció la corona de España a Amadeo I, un príncipe de la casa de Hohenzollern-Sigmaringen, Francia se sintió amenazada y cayó en la trampa que le tendió Bismarck. Prusia estaba preparada para la guerra, tanto desde el punto de vista militar como diplomático, y no aguardaba más que una ocasión para romper las hostilidades con Francia.
Estalló la guerra el 19 de julio de 1870. En el mes de agosto el ejército francés sufrió una serie de derrotas. El 4 de setiembre de 1870, al tener noticia del desastre de Sedán, se sublevó París, derrocó al Imperio y proclamó la III República. Pero el ejército prusiano estaba a las puertas mientras los ejércitos franceses estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación, o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un Gobierno de la Defensa Nacional. Pero este gobierno continuó la misma línea que el anterior porque no odiaba menos al enemigo interior que al exterior.
El antagonismo entre el gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado no tardó en estallar. Pero el proletariado parisiense había sido armado para la defensa. Todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían enrolado en la Guardia Nacional y estaban armados, con lo cual los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría.
El 31 de octubre de 1870, Blanqui trató de reemplazar al gobierno republicano por uno socialista. Los batallones obreros tomaron por asalto el Ayuntamiento de París y capturaron a algunos miembros del gobierno, pero Blanqui fracasó. Fue traicionado y la intervención de algunos batallones pequeño burgueses consiguió liberar al gobierno. Para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una ciudad sitiada por un ejército extranjero, se le permitió seguir en funciones. Los acontecimientos no se mostraban propicios a una reorganización interior.
Pero en la guerra exterior, los ejércitos formados por el gobierno fueron derrotados unos tras otros. Pronto se hizo tan grave la situación, que el gobierno francés tuvo que entablar negociaciones de armisticio con Bismarck a últimos de enero de 1871. Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, martirizada por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedentes en la historia de las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres fueron considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los prusianos vencedores. Era tal el respeto que los obreros de París infundían a un ejército, ante el cual habían rendido sus armas las tropas del Imperio, que no se atrevieron a entrar en París en son de triunfo. Sólo ocuparon un pequeño rincón de la ciudad, en una parte del cual no había, en realidad, más que parques públicos, y por añadidura, sólo lo tuvieron ocupado unos cuantos días. Durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que montaban la guardia celosamente para evitar que ningún prusiano traspasase los estrechos límites del rincón cedido a los conquistadores extranjeros. Los junkers prusianos, que habían venido a tomarse la venganza en el hogar de la revolución, no tuvieron más remedio que pararse respetuosamente y saludar a esta misma revolución armada.
El 8 de febrero se celebraron elecciones generales para la constitución de la Asamblea Nacional que dieron una mayoría revolucionaria, que llevó al gobierno a un ministerio reaccionario dirigido por Thiers. Se reunió la Asamblea Nacional primero en Burdeos y luego en Versalles, con el único empeño de luchar contra el proletariado parisiense.
El 26 de febrero empezaron los preliminares de paz. Se consideró en todo el país como una humillación inusitada el tratado, que cedía Alsacia y Lorena a Prusia, y produjo en la población una indignación enorme. Tal fue particularmente el caso de París. Durante la guerra, los obreros de París se habían limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación, Thiers se dio cuenta de que la dominación de los grandes terratenientes y capitalistas estaba en peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas.
Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. La Guardia Nacional, que se había instituido para mantener el orden en la capital, y abarcaba elementos proletarios y radicales, constituyó un Comité Central a fines de febrero. El 18 de marzo Thiers envió tropas de línea con orden de robar la artillería a la Guardia Nacional, acampada en las alturas de Montmartre. Este armamento había sido construido durante el asedio de París y pagado por suscripción pública. Los obreros la consideraban de su propiedad y repelieron la tentativa. París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y declaró la guerra al Gobierno francés, instalado en Versalles. El Comité Central de la Guardia Nacional tomó posiciones y proclamó la Comuna el 18 de marzo de 1871. Tenía el poder en sus manos y se transformó en gobierno provisional, es decir, en una dictadura. Pero, ocho días después, tras haber decretado la abolición de la escandalosa policía de moralidad de París, dimitió apelando al sufragio universal.
Marx reprochó al Comité Central su respeto excesivo por las formas democráticas y su apelación al sufragio universal. El Comité Central había cometido dos faltas graves que debían acarrear inevitablemente la derrota. La primera, no haber marchado, después de la tentativa abortada de las tropas versallesas en Montmartre, sobre Versalles para apoderarse del Gobierno. La segunda, haber abandonado el poder demasiado pronto para ceder el puesto a la Comuna. Siempre un exceso de escrúpulos. Son las mismas faltas que cometió ya el proletariado francés en 1848, y que, a su vez, iba a cometer el proletariado alemán en 1919. En ambos casos, la revolución victoriosa abandonó con demasiada prisa la dictadura para apelar al sufragio universal. La Comuna de París, salió de las elecciones del 26 de marzo, permaneciendo en funciones hasta su derrota definitiva a fines de mayo.
Pese a la brevedad de su existencia, la Comuna adoptó algunas medidas que caracterizan suficientemente su verdadero sentido y sus objetivos. Abolió el servicio militar obligatorio y el ejército regular permanente, instrumento ciego en manos de las clases dominantes, armó a todo el pueblo, declarando como única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas.
Proclamó la separación de la Iglesia del Estado, suprimió la subvención del culto (es decir, el sueldo que el Estado pagaba al clero), declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia. Como consecuencia, el 8 de abril ordenó que se eliminasen de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual, orden que fue aplicándose gradualmente. Por tanto, dio un carácter estrictamente laico a la instrucción pública, con lo que asestó un fuerte golpe a los gendarmes de sotana.
Poco fue lo que pudo hacer en el terreno puramente social, pero ese poco muestra con suficiente claridad su carácter de gobierno popular, de gobierno obrero. Prohibió el trabajo nocturno en las panaderías; abolió el sistema de multas, esa expoliación consagrada por ley de que se hacía víctima a los obreros. Suprimió también las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Las oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos de París. Se promulgó el famoso decreto de 16 de abril ordenando que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas y talleres abandonados o clausurados por los patronos y se preparasen los planes para reanudar su explotación con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándoles en sociedades cooperativas, y que se planease también la organización de todas estas cooperativas en una gran unión.
El 30 de abril, ordenó la clausura de las casas de empeño y suspendió la venta de objetos pignorados, basándose en que eran una forma de explotación privada de los obreros, en pugna con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito. Además condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, sentando en cuenta para futuro pago de alquileres las cantidades ya abonadas. Y para subrayar su carácter de gobierno auténticamente democrático y proletario, la Comuna dispuso que la remuneración de todos los funcionarios, y, por tanto, los mismos miembros de la Comuna y del gobierno, no fuera superior al salario normal de un obrero, ni pasara en ningún caso de los 6.000 francos al año. Fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial.
El 12 de mayo, acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendome, fundida con el bronce de los cañones tornados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese, como símbolo de chovinismo e incitación a los odios entre naciones.
El día 5 de abril, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna capturados por ellas, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero esta disposición nunca se llevó a la práctica.
El 5 de mayo, dispuso la demolición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI. Luego, el 137 Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular.
Como se ve, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar por temor y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y en parte abrían profundas brechas en el viejo orden social.
Todas estas medidas mostraban elocuentemente que la Comuna era una amenaza mortal para el viejo mundo, basado en la opresión y la explotación. Esa era la razón de que la sociedad burguesa no pudiera dormir tranquila mientras en el ayuntamiento de París ondeara la bandera roja del proletariado.
Sin embargo, en una ciudad sitiada, lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas.
Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.
El 7 de abril, los versalleses tomaron el puente sobre el Sena en Neuilly, en el frente occidental de París; en cambio, el 11 fueron rechazados con grandes pérdidas por el general Eudes en el frente sur. París estaba sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos. Ahora, estos mismos individuos imploraban del Gobierno prusiano que acelerase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz, para que les reconquistasen París. Desde comienzos de mayo, la llegada gradual de estas tropas dio una superioridad decisiva a las fuerzas de Versalles. Esto se puso ya de manifiesto cuando, el 23 de abril, Thiers rompió las negociaciones, abiertas a propuesta de la Comuna, para canjear el arzobispo de París y a toda una serie de clérigos, presos en la capital como rehenes, por un solo hombre, Blanqui, elegido por dos veces para la Comuna, pero preso en Clairvaux. Y se hizo más patente todavía en el nuevo lenguaje de Thiers, que, de reservado y ambiguo, se convirtió de pronto en insolente, amenazador, brutal. En el frente sur, los versalleses tomaron el 3 de mayo el reducto de Moulin Saquet; el día 9 se apoderaron del fuerte de Issy, reducido por completo a escombros por el cañoneo; el 14 tomaron el fuerte de Vanves. En el frente occidental avanzaban paulatinamente, apoderándose de numerosos edificios y aldeas que se extendían hasta el cinturón fortificado de la ciudad y llegando, por último, hasta la muralla misma; el 21, gracias a una traición y por culpa del descuido de los guardias nacionales destacados en este sector, consiguieron abrirse paso hacia el interior de la ciudad. Los prusianos, que seguían ocupando los fuertes del Norte y del Este, permitieron a los versalleses cruzar por la parte norte de la ciudad, que era terreno vedado para ellos según los términos del armisticio, y, de este modo, avanzar atacando sobre un largo frente, que los parisinos no podían por menos que creer amparado por dicho convenio y que, por esta razón, tenían guarnecido con escasas fuerzas. Resultado de esto fue que en la mitad occidental de París, en los barrios ricos, sólo se opuso una débil resistencia, que se hacía más fuerte y más tenaz a medida que las fuerzas atacantes se acercaban al sector del este, a los barrios propiamente obreros.
Sólo después de ocho días de lucha cayeron en las alturas de Belleville y Ménilmontant los últimos defensores de la Comuna.
Sin contar con ningún apoyo, la Comuna tenía que ser derrotada inevitablemente. Toda la burguesía de Francia, todos los terratenientes, corredores de bolsa y fabricantes, todos los grandes y pequeños ladrones, todos los explotadores, se unieron contra ella. Con la ayuda de Bismarck (que dejó en libertad a 100.000 soldados franceses prisioneros de los alemanes para aplastar al París revolucionario), esta coalición burguesa logró enfrentar con el proletariado parisiense a los campesinos ignorantes y a la pequeña burguesía de provincias, y rodear la mitad de París con un círculo de hierro (la otra mitad había sido cercada por el ejército alemán). En algunas grandes ciudades de Francia (Marsella, Lyon, Saint-Etienne, Dijon y otras) los obreros también intentaron tomar el poder, proclamar la Comuna y acudir en auxilio de París, pero estos intentos fracasaron rápidamente, y París, que había sido la primera en enarbolar la bandera de la insurrección proletaria, quedó abandonada a sus propias fuerzas y condenada a una derrota segura.
Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía, de artesanos, campesinos y tenderos. Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas...
Pero lo que le faltó a la Comuna fue, principalmente tiempo, posibilidad de darse cuenta de la situación y emprender la realización de su programa. No había tenido tiempo de iniciar la tarea cuando el gobierno, atrincherado en Versalles y apoyado por toda la burguesía, inició las operaciones militares contra París. La Comuna tuvo que pensar ante todo en su propia defensa. Y hasta el final mismo, que sobrevino en la semana del 21 al 28 de mayo, no pudo pensar con seriedad en otra cosa.
A fines del mes de mayo, cuando la fuerza organizada del gobierno pudo, por fin, dominar a la fuerza mal organizada de la revolución, llegó a su apogeo aquella espantosa matanza de hombres desarmados, mujeres y niños. Los generales bonapartistas, esos generales cobardes ante los alemanes y valientes ante sus compatriotas vencidos, masacraron París. Los fusiles de sobrecarga no mataban bastante de prisa, y entraron en juego las ametralladoras para abatir por centenares a los vencidos. Cerca de 30.000 obreros fueron muertos por la soldadesca desenfrenada. El Muro de los Federados del cementerio de Pére Lachaise, donde se consumó el último asesinato en masa, queda todavía en pie, testimonio mudo, pero elocuente del frenesí a que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos. Cuando se apercibieron de que era imposible matarlos a todos, vinieron las detenciones en masa, comenzaron los fusilamientos de víctimas caprichosamente seleccionadas entre las cuerdas de presos y el traslado de los demás a grandes campos de concentración, donde esperaban la vista de los Consejos de Guerra. Unos 45.000 fueron detenidos y muchos de ellos ejecutados posteriormente; miles fueron los desterrados o condenados a trabajos forzados. Las tropas prusianas que tenían cercado el sector nordeste de París, recibieron la orden de no dejar pasar a ningún fugitivo. En total, París perdió cerca de 100.000 de sus hijos, entre ellos a los mejores obreros, los más conscientes.
La burguesía estaba contenta. ¡Ahora se ha acabado con el socialismo!, decía su jefe, el sanguinario Thiers, cuando él y sus generales ahogaron en sangre la sublevación. La burguesía francesa creyó haber conjurado para siempre el fantasma socialista. Pero esos cuervos burgueses graznaron en vano. Después de seis años de haber sido aplastada la Comuna, cuando muchos de sus luchadores se hallaban aún en presidio o en el exilio, se iniciaba en Francia un nuevo movimiento obrero. La nueva generación socialista, enriquecida con la experiencia de sus predecesores, cuya derrota no la había desanimado en absoluto, recogió la bandera que había caído de las manos de los luchadores de la Comuna y la llevó adelante con firmeza y audacia, al grito de ¡Viva la revolución social, viva la Comuna! Un nuevo partido obrero y la agitación levantada por éste en el país obligaron pronto a las clases dominantes a poner en libertad a los communards que el gobierno aún mantenía presos. A principios del año 80 se despertó en Francia el socialismo. En 1889 se fundó en París la II Internacional.
La Comuna fue al principio un movimiento muy heterogéneo y confuso. Constituyó un gobierno de coalición que abarcaba miembros de la Internacional, blanquistas, proudhonianos republicanos burgueses y nacionalistas que no estaban de acuerdo casi en nada: ni en la táctica a adoptar, ni en el móvil a conseguir. Los nacionalistas se sumaron con la esperanza de que la Comuna reanudaría la guerra contra los prusianos, llevándola a un venturoso desenlace. Los apoyaron asimismo los pequeños tenderos, en peligro de ruina si no se aplazaba el pago de las deudas vencidas de los alquileres (aplazamiento que les negaba el gobierno, pero que la Comuna les concedió). Por último, en un comienzo también simpatizaron en cierto grado con él los republicanos burgueses, temerosos de que la reaccionaria Asamblea Nacional (los rurales, los salvajes terratenientes) restablecieran la monarquía.
Pero el papel fundamental en este movimiento fue desempeñado, naturalmente, por los obreros (sobre todo, los artesanos de París), entre los cuales se había realizado, en los últimos años del Segundo Imperio, una intensa propaganda socialista, y que inclusive muchos de ellos estaban afiliados a la Internacional. Sólo los obreros permanecieron fieles a la Comuna hasta el fin. Los burgueses republicanos y la pequeña burguesía se apartaron bien pronto de ella: unos se asustaron por el carácter socialista revolucionario del movimiento, por su carácter proletario; otros se apartaron de ella al ver que estaba condenada a una derrota inevitable. Sólo los proletarios franceses apoyaron a su gobierno, sin temor ni desmayos, sólo ellos lucharon y murieron por él, es decir, por la emancipación de la clase obrera, por un futuro mejor para los trabajadores.
La Comuna puso a prueba las teorías de unas y otras corrientes del movimiento obrero, que tuvieron que experimentar el vértigo de pasar a la práctica. Sus miembros estaban divididos en una mayoría integrada por los blanquistas, que habían predominado también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría compuesta por afiliados a la Internacional, entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso -como acontece generalmente cuando el poder cae en manos de doctrinarios- que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.
La principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, lo mismo en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos, incumbe a los blanquistas por los actos y las omisiones políticas. En aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por instinto revolucionario y proletario; sólo unos pocos habían alcanzado una claridad de principios, gracias a Vaillant, que conocía el socialismo científico alemán. Así se se explica que la Comuna dejase de hacer, en el terreno económico, cosas que debió realizar. Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que los blanquistas se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste, además, un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna.
Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta la Comuna de proudhonianos. Proudhon, el anarquista de los pequeños campesinos y maestros artesanos, odiaba ciertamente la asociación. Decía de ella que tenía más de malo que de bueno; que era por naturaleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrario por igual a la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes se desarrollaban más de prisa que sus ventajas; que, por el contrario, la libre concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran otras tantas fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales -así calificaba Proudhon la gran industria y las grandes empresas como, por ejemplo, los ferrocarriles- estaba indicada la asociación de los obreros.
Hacia 1871, y hasta en París, centro del artesanado artístico, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso una organización para la gran industria e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran unión; en resumen, en una organización que, como Marx dice bien en La Guerra Civil, forzosamente habría conducido en última instancia al comunismo, o sea, a lo más antitético de la doctrina proudhoniana del socialismo.
No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, sería capaz de sostenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al puñado de caudillos. Esto llevaba consigo, sobre todo, la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna, compuesta en su mayoría precisamente por blanquistas? En todas las proclamas dirigidas a los franceses de provincias, la Comuna les invita a crear una Federación libre de todas las Comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la misma nación. Precisamente el poder opresor del antiguo gobierno centralizado -el ejército, la policía y la burocracia-, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había sido heredado por todos los nuevos gobiernos como instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos, precisamente éste debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París.
La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella.
Contra esta transformación del Estado y de los órganos del Estado de servidores de la sociedad en señores de ella, transformación inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y a la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos.
La Comuna de París fue una hija espiritual de la Primera Internacional, resultado del entronque de la doctrina de Marx y Engels, del socialismo científico, con el movimiento obrero. El proletariado mundial tenía ya a su alcance el arma ideológica capaz de conducirle a la destrucción del capitalismo y a la construcción de la sociedad comunista. Marx y Engels habían analizado las experiencias y enseñanzas de la primera revolución burguesa de 1848, llegando a la conclusión de que la clase obrera, al llevar a cabo la revolución socialista, no puede limitarse a tomar el poder y utilizar el viejo aparato estatal en interés de dichas transformaciones, sino que este aparato burocrático-militar debe de ser desmantelado, destruido. La práctica de la Comuna de París, no sólo confirmó la justeza de estas ideas, sino que le llevó a dar un paso adelante en sus concepciones acerca de la dictadura del proletariado. Marx señaló que la gran enseñanza que se desprendía de la Comuna consistía en que ésta había demostrado que no sólo había que destruir el viejo aparato estatal burgués, sino que, sobre las ruinas de éste, se habría de construir el nuevo aparato del Estado revolucionario, capaz de mantener a la clase obrera en el poder y consolidar la revolución.
La memoria de los luchadores de la Comuna es venerada no sólo por los obreros franceses, sino también por el proletariado de todo el mundo, pues aquella no luchó por un objetivo local o estrechamente nacional, sino por la emancipación de toda la humanidad trabajadora, de todos los humillados y ofendidos. Como combatiente de vanguardia de la revolución social, la Comuna se ganó la simpatía en todos los lugares donde sufre y lucha el proletariado. La epopeya de su vida y de su muerte, el ejemplo de un gobierno obrero que conquistó y retuvo en sus manos durante más de dos meses la capital de Francia, el espectáculo de la heroica lucha del proletariado y de sus sufrimientos después de la derrota, todo esto ha levantado la moral de millones de obreros, alentado sus esperanzas y ganado sus simpatías para el socialismo. El tronar de los cañones de París despertó de su sueño profundo a las capas más atrasadas del proletariado y dio en todas partes un impulso a la propaganda socialista revolucionaria. Por eso no ha muerto la causa de la Comuna, por eso sigue viviendo hasta hoy día en cada uno de nosotros.
La causa de la Comuna es la causa de la revolución social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es inmortal.